VACACIONES Y TDAH: claves para acompañar el cambio de rutina
Cuando acaba el colegio… también cambia el cerebro
Para muchas familias el verano supone un alivio. Se terminan los deberes, las prisas de cada mañana, las notas, las tutorías y la sensación constante de ir corriendo.
Sin embargo, en las familias con menores con TDAH no es raro que, tras unos primeros días de descanso, aparezcan nuevas dificultades.
«No para.»
«Está más impulsivo que nunca.»
«Parece que discutir es su deporte favorito.»
«No sabe qué hacer y termina todo el día pidiendo pantallas.»
Es fácil pensar que el verano «desregula» a estos menores. Pero la realidad es algo diferente. El problema aparece cuando desaparece de golpe toda la estructura externa que durante diez meses ha sostenido muchas de las funciones que más les cuesta organizar por sí mismos.
Y comprender esto cambia completamente la forma de acompañarlos.
¿Qué ocurre en el cerebro de un menor con TDAH cuando desaparece la rutina?
El TDAH no tiene que ver con la falta de inteligencia ni con la falta de voluntad.
Sabemos que existe una dificultad en las funciones ejecutivas, un conjunto de capacidades que dependen principalmente de la corteza prefrontal y que permiten organizar la conducta, mantener la atención, inhibir impulsos, planificar y regular las emociones.
Durante el curso escolar, muchas de estas funciones están «prestadas» por el propio entorno.
El horario del colegio, el timbre, el profesorado, las clases, el recreo o las actividades extraescolares funcionan como un andamiaje externo que organiza el día.
Cuando llegan las vacaciones, ese andamiaje desaparece.
Y entonces el menor necesita organizar desde dentro algo que precisamente le cuesta mucho hacer.
A esto se suma otro aspecto importante. El cerebro con TDAH busca continuamente estímulos novedosos. La dopamina —un neurotransmisor implicado en la motivación, la atención y el placer— funciona de forma diferente, por lo que las actividades muy estimulantes —pantallas, videojuegos, cambios constantes o recompensas inmediatas— resultan especialmente atractivas, mientras que otras tareas cotidianas requieren un esfuerzo mucho mayor.
Por eso muchas personas con TDAH parecen pasar del aburrimiento absoluto a la hiperactividad en cuestión de minutos.
No porque quieran desafiar a las personas adultas. Sino porque les cuesta encontrar un equilibrio interno cuando el entorno deja de sostenerlas.
¿Qué nos pide esto como familias?
A veces intentamos reproducir durante el verano exactamente la rutina del colegio. Otras veces hacemos justo lo contrario y eliminamos cualquier tipo de horario. Probablemente ninguno de los dos extremos sea el que más ayuda.
Los niños y niñas necesitan aburrirse, improvisar, descansar y sentir que el tiempo es diferente. Pero descansar no significa perder todas las referencias.
Los menores con TDAH suelen sentirse más seguros cuando existen algunos pilares que organizan el día, aunque sean mucho más flexibles que durante el curso.
No necesitan un horario militar. Necesitan saber qué pueden esperar.
Cuando esto ocurre disminuye la incertidumbre, aparecen menos discusiones y su energía puede dirigirse hacia el juego, el movimiento y la relación con otras personas, en lugar de mantenerse constantemente buscando el siguiente estímulo.
¿Cómo podemos acompañarlos?
- Mantener pocas rutinas, pero muy estables
No hace falta organizar todo el día.
Basta con que algunos momentos sean previsibles:
- Hora aproximada de levantarse.
- Tiempo de actividad física.
- Espacio para pantallas.
- Rutina de sueño.
Las vacaciones permiten flexibilidad, pero los grandes cambios diarios suelen aumentar la desregulación.
- Que el movimiento forme parte del día
Muchos menores con TDAH necesitan moverse para poder regularse.
No siempre se trata de «gastar energía». A veces el movimiento es la manera que tiene su sistema nervioso de organizarse.
Piscina, bicicleta, parque, paseos, juegos con agua, circuitos, deporte o simplemente correr. Cuanto más movimiento haya durante el día, menos necesidad aparecerá de buscar estimulación constante en casa.
- Anticipar el día
No necesitan conocer cada detalle, pero sí tener una idea sencilla de lo que ocurrirá.
«Después de desayunar iremos a comprar, luego a la piscina y por la tarde vendrán los primos.»
Saber qué viene reduce muchas discusiones antes incluso de que aparezcan.
- Cuidar especialmente el uso de las pantallas
Las pantallas ofrecen justo aquello que el cerebro con TDAH más busca: rapidez, novedad y recompensa inmediata.
No se trata de prohibirlas. Se trata de que no ocupen el lugar del aburrimiento, del juego libre o del movimiento. El aburrimiento no siempre es un problema. Muchas veces es el punto de partida de la creatividad.
- Dar pequeñas responsabilidades
- Regar una planta.
- Preparar la mochila para la piscina.
- Poner la mesa.
- Ayudar a hacer la compra.
Las responsabilidades adaptadas a la edad no son un castigo. Son una oportunidad para desarrollar autonomía y fortalecer las funciones ejecutivas en un contexto relajado.
- Recordar que también necesitan descansar emocionalmente
Durante el curso muchos menores con TDAH hacen un enorme esfuerzo para adaptarse a las demandas escolares. Ese esfuerzo no siempre se ve.
El verano también es un tiempo para recuperar energía, fortalecer la autoestima y volver a disfrutar de sentirse capaces.
No todo tiene que convertirse en entrenamiento.
Algunas ideas para este verano
Juegos que favorecen la atención y el autocontrol
- Juegos de mesa por turnos: Dobble, Jungle Speed Junior, Uno o Virus! Kids.
- Construcciones tipo LEGO®.
- Búsquedas del tesoro.
- Circuitos motores.
- Juegos de agua.
- Cocinar en familia siguiendo una receta sencilla.
Lecturas para familias
- El cerebro del niño, de Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson.
- El niño con TDAH, de Russell Barkley.
Para la infancia
Cualquier propuesta de juego libre en la naturaleza, construcción o movimiento será siempre una excelente alternativa frente a un verano excesivamente estructurado o dominado por las pantallas.
El verano no tiene por qué convertirse en una lucha diaria. Quizá no necesiten más normas.
Quizá necesiten menos exigencia, algo de estructura y personas adultas capaces de recordar que detrás de la impulsividad sigue habiendo una persona que continúa aprendiendo a organizar un cerebro que funciona de una manera diferente.
Y eso también se aprende… jugando.