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Cuando nuestros hijos hablan de “therians”: algunas claves para pensar en familia.

En las últimas semanas quizá habéis visto en redes o en medios imágenes de jóvenes que se definen como “therians”: chicos y chicas que, en ciertos momentos, adoptan gestos o formas de moverse asociadas a animales.

Es probable que esto haya despertado preguntas, preocupación o incluso enfado.

“¿Qué está pasando?”
“¿Esto es una moda peligrosa?”
“¿Ahora cualquiera puede decir que es cualquier cosa?”

Antes de responder desde la alarma, quizá podamos empezar por otra cosa: hacernos preguntas.

Primero, entender qué es (y qué no es)

Cuando uno escucha directamente a estos jóvenes, algo queda claro:
– No creen literalmente que sean animales.
– No han dejado de ser personas.
– No han perdido contacto con la realidad.

Se trata más bien de una identificación parcial, una forma de juego o exploración del cuerpo: moverse distinto, experimentar otra postura, probar otra forma de estar en el espacio.

Suele darse en contextos concretos: parques, encuentros con iguales, redes sociales. No invade toda su vida.

¿Por qué genera tanta reacción?

Porque toca algo más amplio: el miedo a que las identidades cambien, se flexibilicen o cuestionen lo “esperado”.

Pero la identidad nunca ha sido algo rígido.
Todos —también nosotros cuando éramos adolescentes— hemos probado formas de ser, de vestir, de hablar, de pertenecer.

Algunas pasan.
Otras se integran.
Otras se transforman.

En casa, ¿qué hacemos?

El riesgo no está en hacerse preguntas.
El riesgo está en cerrar la conversación con burla o desprecio.

Cuando la respuesta adulta es:
“Eso es ridículo”
“Se te está yendo la cabeza”
“Ni hablar”

Lo que se rompe no es la conducta.
Se rompe el vínculo.

Y cuando el vínculo se rompe, el adolescente deja de hablar.

Quizá la pregunta no sea…

“¿Esto está bien o mal?”

Sino más bien:

  • ¿Qué encuentra mi hijo/a en esa forma de expresión?
  • ¿Qué le permite ese juego que no encuentra en otros espacios?
  • ¿Qué necesidad está intentando tramitar?

En muchos casos, estamos ante espacios de juego y exploración corporal. No hay confusión con la realidad. No se pierde el estatuto de persona.

¿Dónde están los límites?

No en prohibir automáticamente todo lo que incomoda.

Los límites aparecen cuando hay:

  • Riesgo físico.
  • Aislamiento extremo.
  • Sufrimiento significativo.

Y el límite puede ser una conversación firme, un acompañamiento claro, una presencia adulta que no humilla ni se retira.

 

En un mundo que responde con burlas…

La casa puede ser uno de los pocos lugares donde se pueda hablar.

No para “celebrar todo” sino para pensar juntos.

A veces, la frase más potente no es: “Esto es una locura.”

Sino: “Cuéntame, ¿qué encuentras ahí que no encuentras en otros lugares?”

Esa pregunta no valida sin límites, pero tampoco expulsa.

Sostener preguntas donde el mundo responde con odio es, muchas veces, el gesto más protector.

Ese gesto no resuelve todo, pero abre una vía distinta: la del diálogo en lugar del rechazo, la de la confianza en lugar del aislamiento

 

Sofía Goñi Dengra

— Proyecto Ombú 💚