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En el proyecto Ombú de atención psicológica, entendemos el juego como la forma propia en la que el niño se expresa, comprende lo que le pasa y se relaciona con los demás. El juego no es una actividad accesoria ni meramente recreativa, sino un espacio fundamental de elaboración subjetiva y de bienestar emocional y relacional.

A través del juego, el niño trabaja activamente en la construcción de algo propio. En ese hacer lúdico el niño va “armando” su cuerpo y su mundo, apropiándose de ellos.

El juego permite que lo vivido como extraño, impuesto o incluso traumático pueda ser transformado en una escena que el niño controla. En ese pasaje, algo que inicialmente genera angustia puede volver a aparecer bajo la forma del juego, ahora acompañado de un plus de placer: el placer de jugar, de repetir, de reencontrarse con la escena desde otro lugar.

Desde la práctica terapéutica, el rol del profesional no es dirigir ni corregir el juego, sino sostenerlo. Esto implica una formación específica que permita acompañar la tendencia del niño a jugar, sin interferir en ella con interpretaciones prematuras, exigencias educativas o normas externas. El terapeuta se sitúa del lado del juego, ofreciendo un encuadre seguro que permita que lo conocido y lo familiar se articulen con lo desconocido y lo nuevo.

De este modo, el juego prepara al niño para inscribirse en otras realidades y establecer vínculos diferentes: con otros adultos, con pares, con nuevos espacios y aprendizajes.

Jugar es, para el niño, una manera de crear mundo y de crear(se) en él. Por eso, en nuestro proyecto, el juego es el eje central de la intervención terapéutica y una condición fundamental para promover la salud mental infantil.